Mircea Eliade: Erigir para vivir, el mito y la realidad

 "Gracias a lo sagrado, comprendemos nuestra situación en el mundo, y nos comprendemos a nosotros mismos. El paso de lo profano a lo sagrado es el auténtico progreso del hombre, nos permite ascender al nivel de lo verdaderamente real. El hombre es 'homo religiosus', y por eso, las crisis del mundo moderno son en gran parte crisis religiosas, porque arrancan del olvido de la dimesión religiosa de la Humanidad. Son una toma de conciencia de que se ha perdido el sentido de la vida"

-Mircea Eliade


Filósofo, antropólogo, novelista e historiador de las religiones, su vasta pero muy bien cimentada actividad intelectual se desplegó continuamente en el análisis profundo de la historia de las religiones y la fenomenología de los hechos religiosos en toda su complejidad ontológica. Desde esta perspectiva, se dedicó a un estudio exhaustivo de los símbolos y los mitos, considerándolos no como simplemente unas meras representaciones culturales, sino como claves esenciales para comprender y analizar la condición humana en su totalidad.

En contraposición a las interpretaciones más convencionales del pensamiento mítico, Eliade también sostuvo que, tanto en los mitos como en la dicotomía entre lo sagrado y lo profano, emergen los rasgos fundamentales de lo humano, los cuales revelan no solo la dimensión histórica, sino también la estructura misma de la existencia humana.

Para Eliade, los mitos no son simples narrativas arcaicas del pasado, sino elementos vivientes que perviven a lo largo de la historia. En este sentido, deben ser utilizados por el hombre contemporáneo no solo como meros recuerdos de épocas remotas, sino como un medio vital para alcanzar lo eterno, para renovar el vínculo con las fuerzas primordiales que fundan la experiencia humana. Este proceso de pervivencia no se limita a la evocación de mitos ancestrales, sino que se re-crea en cada era, dando lugar a nuevos mitos que reflejan las tensiones y aspiraciones del tiempo presente.

Su investigación sobre los símbolos no se limita a un estudio meramente académico, sino que busca desentrañar las manifestaciones de lo sagrado (que es lo que personalmente me fascina) incluso en los rincones más secularizados de la vida moderna. Eliade introduce el concepto de hierofanía para referirse a las diversas formas en que lo sagrado se manifiesta en la realidad humana incluso, en las sociedades que, a primera vista, parecen haber renunciado a lo divino. Para él, incluso la noción de un espacio sagrado (distinto del espacio profano) y un tiempo sagrado (separado del tiempo mundano) siguen siendo inherentes a la naturaleza humana, presentes incluso en el hombre no religioso, revelando una estructura profunda de conciencia que persiste más allá de las apariencias de secularización.

Eliade, como un manente aboga por un nuevo "humanismo" que reconozca y valore lo sagrado como la base primordial que estructura la conciencia humana, trascendiendo los límites de lo racional y lo material para tocar lo eterno, lo inefable, y lo trascendente en el corazón mismo de la experiencia cotidiana.

La estructura de los mitos

Mircea Eliade plantea que el estudio de los mitos debe comenzar analizando principalmente su significado en las sociedades arcaicas y tradicionales, donde los mitos aún están "vivos". En estas culturas, los mitos son modelos de conducta humana y confieren sentido a la existencia.

Eliade define el mito como una narración sagrada que relata un suceso ocurrido en el "tiempo primordial", una época fabulosa de los comienzos. Los mitos describen cómo, gracias a los actos de Seres Sobrenaturales, surgió alguna realidad, ya sea el cosmos, una isla, una especie vegetal, una institución o un comportamiento humano, donde todos estos mitos tienen unas muy similares o casi iguales características principales:

Narran los actos de Seres Sobrenaturales, protagonistas fundamentales y excepcionales, donde son considerados historias sagradas y verdaderas, ya que explican realidades tangibles, como el origen del mundo o de la muerte (principalmente).

Siempre se refieren a una creación, explicando cómo algo llegó a existir, ya sea un ser, una institución o una práctica y para las sociedades primitivas, conocer el origen de las cosas era esencial. Los mitos no solo explicaban el mundo, sino que también proporcionaban herramientas para manejarlo: entender el origen de la caza, la enfermedad o las cosechas permitía a los hombres dominar estas actividades. Este conocimiento no era abstracto, sino vivido a través de rituales.

Además, los mitos permitían a los hombres reactualizar los actos de los Dioses, Héroes o Antepasados, transportándolos al tiempo sagrado. Así, los personajes del mito se volvían contemporáneos de quienes los recreaban, conectando el tiempo profano con lo divino.

Prestigio mágico de los orígenes

Eliade analiza las similitudes y diferencias entre los mitos de origen y los mitos cosmogónicos. Ambos comparten una estructura común, ya que la cosmogonía (la creación del mundo) actúa como el modelo esencial para relatar cualquier nueva creación. Sin embargo, los mitos de origen no imitan al mito cosmogónico, sino que estos se complementan, mostrando cómo nuevas creaciones enriquecen o transforman el mundo. Por ello, algunos mitos de origen comienzan con elementos de una cosmogonía.

Eliade señala una conexión profunda entre los mitos cosmogónicos y los de origen de la enfermedad, el remedio y los rituales de curación. Los cantos medicinales suelen iniciar con referencias a la creación del mundo, lo que busca transportar al enfermo fuera del tiempo cotidiano y situarlo en el tiempo primordial. Para que el remedio funcione, su origen debe ser recordado ritualmente frente al enfermo, permitiéndole reiniciar su vida al volver simbólicamente a los comienzos.

Para las sociedades primitivas, la vida no se repara, sino que se recrea regresando a las fuentes, siendo la Creación del Mundo el ejemplo supremo de renovación. Este concepto se extiende a todas las actividades creativas humanas, ya que el acto de creación siempre emula el gesto arquetípico del Dios creador.

La esencia de esta creencia radica en que el primer acto de algo tiene mayor valor y significado que sus repeticiones posteriores. Lo importante en los mitos no es lo que enseñan los ancestros recientes, sino lo que hicieron los Antepasados en los tiempos míticos. Por ello, las sociedades primitivas desprecian el tiempo profano, valorando únicamente el "tiempo del origen", que consideran sagrado y poderoso.

Los mitos y ritos de renovación

Eliade analiza la relación entre los rituales de entronización y la cosmogonía. En muchas culturas agrícolas, la coronación de un nuevo soberano se asocia simbólicamente con la renovación del Cosmos. Ejemplos de ello se encuentran en el rajasûya indio o en la coronación de los faraones egipcios. Tanto estos rituales como los del Año Nuevo tienen un objetivo común: la regeneración cósmica.

Pueblos de distintas regiones coinciden en la necesidad de renovar el mundo anualmente mediante rituales. Según estas creencias, la obra de los Seres Sobrenaturales, al interactuar con el devenir terrenal, se degrada con el tiempo. Por ello, es imprescindible invocar periódicamente a los dioses para reforzar su creación. Como explica Eliade, este acto no solo estabiliza y regenera el mundo, sino que lo santifica mediante la presencia simbólica de los Inmortales. Esta idea se encuentra en diversas culturas, desde pueblos primitivos de California hasta civilizaciones del Oriente Próximo como los egipcios, mesopotámicos e israelitas, que comparten la esperanza en una renovación periódica del mundo.

El concepto central que subyace a estos rituales es la "perfección de los comienzos". Eliade sugiere que el recuerdo imaginario de un "Paraíso perdido" alimenta una experiencia religiosa profunda que asocia la renovación cósmica con la esperanza de recuperar la plenitud original. Para las sociedades primitivas, el paso del tiempo representa un alejamiento de esa perfección inicial. Sin embargo, los rituales del Año Nuevo permiten renovar simbólicamente el vigor del mundo y recuperar temporalmente su plenitud.

Con el tiempo, la idea del Año Nuevo se extendió hasta convertirse en un Gran Ciclo Cósmico o Gran Año. Según esta evolución, la perfección solo puede alcanzarse mediante la destrucción definitiva del mundo degradado, dando paso a una nueva creación. Esta concepción llevó a la creencia en una verdadera regresión al caos inicial para realizar una nueva cosmogonía, concepto que enlaza con los Ritos del Fin del Mundo (escatología)

Escatología y Cosmogonía

Según Mircea Eliade, las sociedades primitivas creen que el Fin del Mundo ya ocurrió en algún momento, aunque también se proyecta hacia el futuro. Esto se refleja en numerosos mitos de cataclismos, como terremotos, incendios, derrumbes y especialmente el Diluvio, que destruyen al mundo para dar paso a una humanidad nueva. Estos eventos no representan un final definitivo, sino un regreso al Caos seguido por una nueva creación. Eliade explica que estos mitos reflejan una versión amplificada del ritual de Año Nuevo, donde la regeneración cíclica del Cosmos es fundamental.

Para las culturas primitivas, la destrucción se justifica por la creencia en la decadencia del mundo: todo envejece y pierde su perfección inicial. En las religiones más complejas, como la india, esta idea toma forma en la doctrina de las cuatro edades del mundo (yugas), que describen un deterioro progresivo de la humanidad desde un estado puro e ideal en la primera edad (Krta Yuga).

De forma similar, los babilonios, israelitas y griegos comparten estas ideas. Los babilonios, por ejemplo, creían en una edad dorada donde los reyes vivían miles de años, en contraste con la humanidad moderna. En Grecia, Hesíodo habló de una degeneración a través de cinco edades humanas, mientras Heráclito introdujo la noción de ciclos eternos de creación y destrucción, que luego influirían en los estoicos.

En el judeocristianismo, sin embargo, la escatología adopta un enfoque diferente. El Fin del Mundo es único, no cíclico, y está ligado al plan divino. La destrucción final dará paso a un Paraíso eterno, idéntico al creado por Dios originalmente. Además, esta visión introduce un juicio divino, donde los hombres serán evaluados según sus actos. Para los cristianos, este fin está vinculado a la llegada del Anticristo y al Juicio Final, que culminará con una purificación a través del fuego y una Nueva Creación.

A pesar de su fuerte influencia en sus inicios, el milenarismo fue considerado herejía cuando el cristianismo se oficializó en el Imperio romano. Eliade señala que, con la aceptación de la historia como realidad continua, surgió la idea del progreso humano, algo que se aparta del antiguo ciclo de destrucción y regeneración. Curiosamente, el autor identifica ecos de la escatología en movimientos modernos como el nazismo y el comunismo, que también prometen el fin del mundo conocido y la llegada de una nueva era.

Fuera del mundo occidental, el mito del Fin del Mundo es central en movimientos nativistas y milenarismos como los cargo cults de Oceanía o África. Estos comparten características comunes: inspiración en el ritual de renovación del mundo, influencia cristiana, rechazo a la modernidad occidental y un deseo de retornar a un pasado idealizado tras un gran cataclismo.

Finalmente, Eliade vincula estas ideas al arte moderno. Según él, la ruptura artística del siglo XX refleja un deseo de destruir el "universo agotado" del pasado para crear algo completamente nuevo, una actitud que recuerda el intento de las culturas primitivas de regresar al Caos para renovar el mundo.


El tiempo puede ser dominado

En los mitos del Fin del Mundo, lo esencial no es el final en sí, sino la certeza de un nuevo comienzo donde también subrayó la importancia que tiene para el hombre arcaico el conocimiento de los orígenes, ya que dominar ese conocimiento permite un poder mágico sobre el mundo. De manera similar, los mitos escatológicos ofrecen al hombre la seguridad de que el mundo siempre renacerá, aunque sea periódicamente destruido, porque se conoce su cosmogonía, es decir, su "secreto" origen.

Eliade compara este deseo de conocer los orígenes con la curiosidad de la sociedad occidental entre los siglos XVII y XIX por comprender el origen del universo, las especies y la humanidad. En el siglo XX, este deseo adopta otra forma: el psicoanálisis. Eliade destaca dos aspectos clave del psicoanálisis de Freud:

La importancia de la infancia: Freud considera la infancia como una etapa de "Paraíso perdido", interrumpida por eventos traumáticos, similar al concepto arcaico de una beatitud inicial.
La vuelta hacia atrás: Freud plantea la posibilidad de revivir eventos traumáticos de la infancia para curarse, aunque esta experiencia es individual, a diferencia de los ritos colectivos del hombre primitivo para revivir los mitos.
Sin embargo, Eliade señala que la "vuelta hacia atrás" como terapia ya existía en culturas extraeuropeas, como las técnicas fisiológicas y psicomentales de los taoístas chinos. Estas prácticas, como la "respiración embrionaria", buscan regresar al estado primordial que precedía a la cosmogonía, con fines de curación, regeneración y longevidad. Un patrón similar aparece en las culturas indias: el pensamiento indio, a través de prácticas como el Hatha-yoga o el tántrico "marchar contra corriente", también busca anular el efecto del tiempo volviendo al origen y accediendo a un estado primordial de inmortalidad.

Eliade concluye que este comportamiento de "retornar al comienzo del mundo" se repite a lo largo de distintas culturas y periodos históricos, y no es exclusivo del pensamiento primitivo. Hay dos formas principales de llevar a cabo este regreso al origen:

Reintegración rápida y directa: Mediante una experiencia vertiginosa que lleva al estado de caos o al momento de la creación.
Retorno progresivo y minucioso: A través de la memoria, recorriendo de manera detallada las experiencias personales e históricas hasta llegar al "comienzo absoluto".
En este último caso, la memoria desempeña un papel crucial. Para Eliade, quien recuerda sus vidas anteriores y conoce sus orígenes logra liberarse de los condicionamientos del karma y se convierte en dueño de su destino. El ejemplo máximo de esta "memoria absoluta" es Buda, cuya omnisciencia le confiere el poder de dominar el cosmos.

Finalmente, Eliade destaca que este interés por los "orígenes" y por la "historia antigua" deriva de la importancia otorgada a los mitos, los cuales no solo deben ser conocidos, sino también recordados y actualizados continuamente.

Mitología, Ontología, Historia

Eliade analiza cómo el concepto de lo "esencial" para el hombre religioso está vinculado a los mitos de la creación, los cuales anteceden la existencia del ser humano. Para el homo religiosus, la existencia auténtica comienza cuando toma conocimiento de estos mitos, que relatan eventos fundamentales protagonizados por seres sobrenaturales. Sin embargo, lo que se considera "esencial" varía según la religión y la cultura.

En algunas tribus primitivas, como las que permanecen en el estadio de la caza y recolección, se adora a un Dios supremo que, aunque creó el mundo y al hombre, se retiró del mundo y dejó de intervenir en la vida religiosa. Este Dios, denominado Deus Otiosus, ya no tiene relevancia en los rituales, lo que podría asemejarse a la "muerte de Dios" según Nietzsche. No obstante, el vacío dejado por este Dios da paso a otras divinidades que interactúan de manera más directa con los hombres.

Eliade también destaca los mitos en los que las divinidades mueren a manos de los propios seres humanos. Esta muerte divina tiene una dimensión creativa, ya que permite que surjan ceremonias y rituales que perpetúan la memoria de ese drama primordial. Estos mitos ya no se relacionan con la ontología o la creación del mundo, sino con episodios históricos donde humanos y dioses interactúan. Este enfoque da lugar a mitos más trágicos y patéticos, donde lo esencial es lo que ocurrió después de la creación del mundo y la humanidad, poniendo el foco en el destino de los dioses.

Con el tiempo, especialmente en Grecia y Egipto, las "élites" intelectuales comienzan a desmitificar los relatos sagrados. Para estos pensadores, el "esencial" ya no se encuentra en los mitos de los dioses, sino en un "principio primordial" que antecede a esa historia. Este enfoque busca identificar la raíz del Ser a través de la reflexión filosófica, en lugar de recurrir a rituales. Así, Eliade concluye que la filosofía de los primeros pensadores se origina en la mitología, ya que trata de desvelar el misterio del origen absoluto del Ser, una cuestión ontológica más que cosmológica.

Mitología de la memoria y del olvido

Eliade explora la relación entre memoria y olvido en la mitología india, destacando la historia de los maestros yoguis Matsyendranâth y Gorakhnâth. Matsyendranâth olvida su identidad al enamorarse, pero su discípulo le ayuda a recuperar la memoria, simbolizando cómo el despertar o la memoria puede liberar al ser humano de la ignorancia. Eliade también menciona que en la mitología india, el olvido y la memoria son símbolos de la liberación y el retorno al verdadero ser.

El autor compara la concepción de la memoria en la Antigua Grecia, donde se distingue entre el recuerdo de eventos primordiales y el recuerdo de existencias pasadas. Platón reinterpretó ambas concepciones dentro de su sistema filosófico, sugiriendo que la muerte es un retorno a un estado primordial de conocimiento perdido en la reencarnación.

La relación entre sueño, muerte y olvido es fundamental también en el judaísmo, el cristianismo y el gnosticismo. En estos sistemas, despertar del sueño implica una liberación del olvido, similar a la idea de la anamnesis. El gnosticismo y la filosofía india comparten la creencia de que el Yo es un "extranjero" que debe recordar su origen celestial, liberándose del sufrimiento al despertar.

Finalmente, Eliade concluye con un análisis de la historiografía occidental, considerándola una forma de anamnesis moderna, en la que el hombre occidental busca liberarse del peso de la historia contemporánea al conectar con pueblos y culturas pasadas.


Grandeza y decadencia de los mitos

En las culturas arcaicas, el mito conecta al hombre con una realidad transhumana, revelando que existen valores absolutos que guían la existencia. El mundo, aunque creado por un acto divino, tiene un misterio inherente, pues lo sobrenatural se oculta y revela a través de la naturaleza. Este acto de creación no solo da sentido a la existencia humana, sino que invita al hombre a trascender sus límites y acercarse a los dioses. En estas culturas, los mitos son recitados por individuos especiales, como chamanes, quienes son capaces de darles un nuevo significado.

Eliade analiza la desmitificación del mito griego, que comenzó con la crítica de los racionalistas, especialmente a la inmoralidad en las acciones de los dioses. A pesar de esta crítica, los mitos de Homero y Hesíodo continuaron siendo relevantes, aunque fueron reinterpretados de manera alegórica por las élites griegas. Evhemero, por su parte, los presentó como dioses antiguos divinizados. Gracias a estos esfuerzos, los dioses griegos no cayeron en el olvido tras el triunfo del cristianismo.

Sin embargo, las mitologías populares, que Homero omitió, fueron las que ofrecieron mayor resistencia al cristianismo y muchas de sus formas se han preservado en la tradición cristianizada, a pesar de no haber tenido una gran influencia cultural.

Pervivencias del mito y mitos enmascarados

Eliade analiza la relación entre el cristianismo y la mitología, destacando dos problemas principales. Primero, el equívoco sobre el término "mito", que llevó a la teología cristiana a defender la historicidad de Jesús y evitar su consideración como un personaje mítico. Sin embargo, Orígenes, aunque defendió esta historicidad, se centró más en el sentido espiritual del mensaje de Jesús. El segundo problema está relacionado con la presencia de elementos míticos en los evangelios, lo que llevó a algunos a cuestionar la historicidad de Jesús. Además, la Iglesia cristiana tuvo que luchar contra la persistencia de creencias y prácticas "paganas" en las religiones populares de Europa, especialmente en áreas rurales, donde se mantenían mitos y rituales antiguos, sin representar una paganización, sino una cristianización de las creencias ancestrales.

En la Edad Media, Eliade observa un "sobresalto del pensamiento mítico", donde diversos estratos sociales adoptaron mitos de origen y modelos ejemplares, como el caso de Federico II, considerado Mesías, y las Cruzadas, especialmente las protagonizadas por niños en 1212. A pesar del fracaso de las Cruzadas, las esperanzas escatológicas se mantuvieron vivas, influyendo en filosofías del Iluminismo y el siglo XIX, como las de Joaquín de Fiore y otros pensadores.

Hoy en día, persisten ciertos "comportamientos míticos" que no son meras supervivencias de la mentalidad arcaica, sino aspectos fundamentales del ser humano. Eliade menciona cómo el mito del origen sigue influyendo en movimientos como la Reforma protestante, la Revolución francesa, y los nacionalismos, así como en mitos racistas como el de los "arios". También destaca la presencia de mitos enmascarados en la cultura moderna, como en los cómics, citando a Superman como un ejemplo de mito moderno que satisface las aspiraciones del hombre moderno. Otros mitos enmascarados incluyen obsesiones por el éxito, el culto al automóvil, y los mitos de élite asociados a pruebas culturales. Eliade subraya la importancia de la novela como una forma literaria moderna que busca escapar del tiempo histórico y entrar en un "tiempo fabuloso", posicionándola como el género más cercano al mito en la cultura contemporánea.

En sus investigaciones intelectualizó hasta el punto tal que terminó por vaciarlo de sacralidad, donde tenazmente se aplicó a desterrar todo aquel significado religioso de la vida humana donde pudo discernir que el sufrimiento del sentimiento religioso forma parte inprescindible de la experiencia humana y que no es posiblie concebir al hombre si prescindimos del elemento religioso y que una humanidad sin sacralidad, no es propiamente una humanidad y, que, con esta información documentada hasta hacerla irrefutable (saludos nando), era capaz de borrar de un sólo golpe la gran petulancia de pretender expulsar a dios.




“Hacerse hombre significa ser religioso”










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