Juan Ramón Jiménez: Estoy triste y mis ojos no lloran
Estoy triste, y mis ojos no lloran
y no quiero los besos de nadie;
mi mirada serena se pierde
en el fondo callado del parque.
¿Para qué he de soñar en amores
si está oscura y lluviosa la tarde
y no vienen suspiros ni aromas
en las rondas tranquilas del aire?
Han sonado las horas dormidas;
está solo el inmenso paisaje;
ya se han ido los lentos rebaños;
flota el humo en los pobres hogares.
Al cerrar mi ventana a la sombra,
una estrena brilló en los cristales;
estoy triste, mis ojos no lloran,
¡ya no quiero los besos de nadie!
Soñaré con mi infancia: es la hora
de los niños dormidos; mi madre
me mecía en su tibio regazo,
al amor de sus ojos radiantes;
y al vibrar la amorosa campana
de la ermita perdida en el valle,
se entreabrían mis ojos rendidos
al misterio sin luz de la tarde...
Es la esquila; ha sonado. La esquila
ha sonado en la paz de los aires;
sus cadencias dan llanto a estos ojos
que no quieren los besos de nadie.
¡Que mis lágrimas corran! Ya hay flores,
ya hay fragancias y cantos; si alguien
ha soñado en mis besos, que venga
de su plácido ensueño a besarme.
Y mis lágrimas corren... No vienen...
¿Quién irá por el triste paisaje?
Sólo suena en el largo silencio
la campana que tocan los ángeles.
¨Si te dan un papel pautado, escribe por la parte de atrás¨
- Juan Ramón Jiménez
Poemas manchados de guerra
Aunque esa mítica frase es un fragmento traucido parcialmente de la novela ¨Fahrenheit 451¨, el autor quiere dejar en claro algo simple sobre la creatividad frente a las limitaciones. Jiménez fue reconocido como el maestro de la nueva generación de poetas españoles (no de Sara Buho y Elena Medel claro está...) junto con su enorme desempeño crítico y editorial de diversas revistas literarias. La imprenta, la tinta, la pluma y los libros ocuparon buena parte de su carrera hasta que la Guerra Civil lo obligó a dejar España.
Nobel marcado por una pérdida personal
En el año de 1956, la trayectoria literaria de Juan Ramón Jiménez alcanzó una de las cimas más elevadas y trascendentales de su dilatada existencia intelectual al ser distinguido con el prestigiosísimo (y nada mesno) Premio Nobel de Literatura, uno de los reconocimientos de mayor relevancia, resonancia y significación dentro del panorama universal de las letras.
La Academia Sueca decidió otorgarle tan extraordinaria distinción en reconocimiento a la excepcional calidad de su producción poética y, de manera particular, por una obra lírica que, escrita en lengua española, constituía una manifestación paradigmática de un espíritu elevado, de una sensibilidad artística extraordinariamente refinada y de una pureza estética difícilmente equiparable. La propia Fundación Nobel sintetizó los méritos que sustentaban esta trascendental decisión al señalar que el galardón le era concedido “por su poesía lírica, que en lengua española constituye un ejemplo de espíritu elevado y pureza artística”.
La evolución de su poeseía
Este reconocimiento internacional representaba la consagración definitiva de una trayectoria poética marcada por una incesante búsqueda de la belleza, la perfección formal y la expresión de las dimensiones más sutiles del espíritu humano. En donde su estilo pasó del modernismo inicial a una "poesía pura", más íntima, profunda, intelectual y esencial. Sin embargo, la magnificencia de aquel acontecimiento estuvo inevitablemente acompañada por una circunstancia profundamente dolorosa y personal que impidió al escritor disfrutar plenamente de la solemnidad de la ceremonia. Debido a su delicado estado de salud, Juan Ramón Jiménez se vio imposibilitado para emprender el viaje hasta Estocolmo y asistir personalmente a la ceremonia de entrega del prestigioso galardón. Así, mientras su nombre era celebrado y su obra reconocida universalmente, el propio poeta permanecía físicamente alejado del escenario en el que habría debido recibir el premio.
Ante esta imposibilidad, un rector asumió la honrosa responsabilidad de representar al escritor y de dar lectura, en su nombre, al discurso correspondiente durante el tradicional banquete celebrado con motivo de la entrega del Premio Nobel. Aquel discurso adquirió una dimensión mucho más íntima, conmovedora y profundamente humana de la que cabría esperar de un simple pronunciamiento protocolario asociado a un reconocimiento académico o literario.
Premio Nobel en blanco y negro
En sus palabras, Juan Ramón Jiménez decidió apartarse momentáneamente de la magnificencia y solemnidad inherentes al premio para dirigir la atención hacia la persona que, según sus propias palabras, había desempeñado un papel esencial e insustituible en la construcción de su trayectoria artística y en el desarrollo de su obra a lo largo de varias décadas: su esposa.
Con una sinceridad desgarradora y una profunda manifestación de gratitud, el poeta afirmó: “Mi mujer Zenobia es la verdadera ganadora de este premio. Su compañía, su ayuda, su inspiración hicieron posible mi trabajo durante cuarenta años. Hoy, sin ella, estoy desolado y desamparado”.
Estas palabras adquieren una dimensión todavía más conmovedora cuando se considera el contexto en el que fueron pronunciadas. Zenobia Camprubí, compañera y amor de su vida y figura fundamental en su vida personal y en su recorrido intelectual y creativo, había fallecido apenas unos pocos días antes de la celebración de la ceremonia. De esta manera, el momento que en circunstancias distintas habría debido representar la culminación jubilosa de décadas de dedicación.
Estoy triste y mis ojos no lloran
Juan Ramón Jiménez ejerció una enorme influencia sobre las generaciones posteriores de escritores, siendo un claro maestro para la Generación del 27, pasó sus últimos dos años recluido en una clínica psiquiátrica como la mayoría de escritores que han muerto en vida bajo la pérdida de la musa en sus creaciones, tras la muerte de Zenobia, Juan Ramón no publicó un libro nuevo, pero dejó versos desgarradores e inacabados donde la llamaba su "compañera de la eternidad", lamentando la oscuridad total en la que se quedaba su vida sin ella... la poesía como un medio de atrapar la verdad
- ¨ No corras! vete despacio. Que a donde tienes que llegar, es a ti mismo. ¨


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